Anillándonos

Tus dedos atados con cinta de plata saludan a mi jean y se deslizan presionándolo hasta encontrar un tibio manojo de costuras. La humedad no tarda en saludar y el calor golpea las telas. Cada costura un dedo que escarba sin piedad jugando a que lo saquen. Tus ojos fijos en el camino cada tanto me regalan una pregunta o una invitación. Se escurre tu mano y se me escurre la piel y la cabeza y me acurruco en tu hombro rígido. Las puertas se abren sólo para ver cómo llegamos y nos zambullimos sin escalas en el lecho ordinario.

De repente volvemos a desconocernos, presas de una timidez crónica. Te recubro y estoy lejos de capturarte. Por más intento no hay fundición posible. Hay una frialdad innata en los seres libres que hace que la atracción sólo crezca. La certeza de saber que nunca nos poseeremos: el más fino de los licores del encuentro.

No tardamos en girar del roce frío al beso osado. De la caída pesada a la dinámica de la guerra de los cuerpos. No me alcanza el tiempo para tragar saliva y chupar tu húmeda espátula. Quisiera escurrirla y hacerla parte de mi carne y vos a cambio rodeás mis labios con tu espada rosa y me enloquece, como siempre, no tenerte del todo.

Tu pelo resuena en mi cara y en el pecho y me frota los poros. Me ensucio con tu sudor y te recorro saltando al azar del instinto. Se impone el pedazo brillante y lo envuelvo con lo que anda a mano, con mis manos también. La ofensiva es contra la esquina del capullo abismal y tu lengua gana cordura y se hace finita y delinea sin piedad ni caramelo. Las piernas se perfilan y se pelean por mostrarse. Tu mano engañosa me enarbola recta y mi envoltura te persigue con humor. Nos arrinconamos en la orilla.

Todo se vuelve búsqueda de mar y la sed nos encuentra profundos.

Nos galopamos tan ansiosos por dibujarnos que no podemos gozar con calma. Y ya saltamos a otro lugar y a otro y qué lindo recoveco y no, vení para acá, y no, más besos, no, más besos no, que ya estás adentro que te siento todo que me llenás que soy toda tuya que me mojo que aguantá, que me volvés loca, ¿me sentís?

Cada tanto un qué panzada se estarán dando los vecinos, cada tanto adónde vamos ahora. Pero nada debe ser dicho exceptuando la satisfacción. Todo lo dicho en el pasado se condensa en no-palabras que guían a las pieles como la improvisación a los buenos titiriteros.

Somos comunión abierta y firme. Encadenados en un puente de sueño y realidad roja. Por momentos no hay momento ni personas capaces de pensar en ello/s. No hay espacio que nos sostenga, no hay nada que sostener. Nos fumamos los veintiún gramos y levitamos en su humo.

Brotamos como imanes que se atraen y rechazan al mismo tiempo y hay esfuerzos en vano por contener la catarata de yoes que quieren desprenderse y gritar que están vivos.

Y llega el calor asfixiante que sólo pide más calor y menos inhibición. Cada pulseada nunca se gana y la guerra se convierte en competencia de ofrendas. Llega el oasis anunciado y nos mojamos como helado de frutilla y limón y no hay modo de evitar el fin, deliciosa impotencia.

La conexión es sincrónica y batimos y bailamos leyéndonos los ojos. Orgía púrpura de dos y de miles de fantasías en acción espontánea. Los tendones se tensan y parecen más largos, puentes infinitos a la resurrección.