De otros tiempos

Basta de elegir la bombacha pensando en todo el día. No más qué auto tendré, qué casa, qué. No más mañana será mejor. No se sabe qué vendrá mañana. Las cosas siempre pueden empeorar. No más pronósticos acertados, ni huracanes que están por venir. Muerte a las amenazas y a las venganzas frías. Muerte al futuro galopante que nos supieron inculcar.

Salud a los desvergonzados que se atreven a pensar abrazados en los próximos instantes y en nuevas vidas. Despidamos el exótico matrimonio y a la gran reina madre que a todos exige y nunca paga. Desmitifiquemos que las vías nunca se cruzan. Recorramos en alfombra los aires y comprobemos que el espacio es un pálpito en movimiento que nada tiene que ver con un reloj ni con un camino recto. Digámosle a Cristóbal que el terreno nos precede y nos supera. Más allá del terreno hay más: más allá. Más allá de lo incrustado, las vidas siguen latiendo. Más allá de los corazones hay conjuros universales. Más acá de la razón, hay corazón.

El tiempo es un engaño permanente, es el precio de transcurrir en el espacio, es la paga de resignación que debemos soportar para lograr una gota de néctar de vida-brisa cada tanto. El tiempo es espacio que va para atrás.

La emoción organizada en su caos nos ilumina el andar y así vamos, sin entender que las luces erguidas se asfixiaron y que hay brotes de un andar polivalente, fresco.

El barrilete del deseo colectivo nos menea con ganas y cuesta dejarse llevar por ningún titiritero. Se duplican los archivos digitales sin que lo pidamos y las cartas todavía tienen olor a papel recorrido y existen.